Tijuana Eventos

Lun02202017

Última actualización08:48:05

El libro de la semana. Si, el libro, leyeron bien: ¡Qué viva la música! Correo electrónico
Escrito por Isabel Delgadillo, Lunes 01 de Agosto de 2016 20:10   

Que viva la música de Andrés Caicedo

Dedicado a todos los que, como yo, somos aves nocturnas.

Ni la mismísima Venus, con todo y ese cuerpecito delicioso, hubiera podido bailar igual. Ella era la diosa en las noches psicodélicas de Cali. Era una aparición en los barrios del sur. El sudor que recorría esa piel transparente, por donde se asomaban esas venas excitadas, era el licor más anhelado por todos. Una bebida inalcanzable para aquellos que no le siguieran el paso; para aquellos que no fueran aves nocturnas.

Ella andaba entre las sombras. Era feliz así. Iluminando su camino con esa presencia vaporosa, que era atraída por el primer acorde de guitarra eléctrica. Olvidando la angustia de no saber inglés. El idioma nunca fue un problema. No faltaba algún pelado que le hiciera al traductor, con tal de estar cerquititas de su cuello y de esa cabecita rubiecita que nos libraba de la oscuridad y de una muerte inminente.

La tristeza no era una opción. A la más mínima señal de soledad, llamaba a esos amigos que iban y venían de entre sus piernas. Todo con tal de consumir alegría en grandes cantidades. De sentir a la música como una caricia, mientras perdía la noción del tiempo y del espacio. Mientras el ego de ese cuerpecito imparable aumentaba  junto con el pene más cercano.

Dicen que no dormía. Que le asustaba morirse un rato. Bailaba con su soledad para no pensar en ella. La disfrazaba de extraños que se encontraba en las rumbas de tres días. Solita se invitaba, la princesa. Era la anfitriona desconocida. Engalanaba con su presencia cada fiesta a la iba. Impregnaba el ambiente con su olor a ceniza y a libertad que robaba de los barrios bajos. Era el deseo de todos y todas. Sino pregúntele a su amiguita, la amargada. Ella se fue pretendiendo esa vida que desbordaba por los poros, por su vagina.

Poco a poco se iba alejando de su aburrido paraíso celestial. Ella prefería bailar la música del infierno. Ese lugar donde el placer parecía infinito. En donde quedaba prohibida la reflexión excesiva. Uno sólo debía dejarse llevar por el sonido bestial y por los instintos del alma, para ser felices entre tanta miseria. Se debía de gozar con cada tumbao. Siempre hay que excederse en todo, para estar bien vivito. Por eso era la reina de estar mierda.

La siempreviva, le llamaban a María del Carmen Huerta. La mamita que salió de su jaula de oro para conocer Colombia. La rubia, rubísima, a la que le gustaba bailar la rumba de los pobres. La música convertida en carne. Deliciosa carne blanca. La mujer que Andrés Caicedo nos presento, en esta ruidosa fiesta llamada vida. La rubita que nunca tendremos. El placer que nunca conoceremos. Es por eso que mejor bailamos. Por eso gritamos: ¡Qué viva la música!

 


Share:Facebook!

 
Enterate sobre los anuncios de TjEventos