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Yo también fui víctima del síndrome de Estocolmo Correo electrónico
Escrito por Isabel Delgadillo, Sábado 18 de Marzo de 2017 21:43   

No hay nada mejor en las películas de Disney, que esa invitación constante a disfrutar de las cosas sencillas. Es imposible ignorar esa filosofía, que incita a relajarnos con lo más vital, con unos gatos tocando jazz o con las diversas maravillas culinarias, descritas por un elegante candelabro, poseedor de chistosísimo, y caricaturesco, evidentemente, acento francés, al mero estilo de Broadway.
El encanto del filme, terminó por embelesarme. Me atrapó la dulzura, la amabilidad y la bondad de este grupo de objetos encantados, que luchan por no perder la poca humanidad que les queda, mientras nosotros agradecemos al cielo, la imposibilidad de que un hada se nos aparezca, para convertirnos en uno de ellos, sin saber que ya somos criaturas en aras de perder todo aquello que nos hace humanos.
La bella y la bestia es un remake (dirigido por Bill Codon), que nos narra la historia de Bella (Emma Watson), una curiosa e inteligente jovencita, que desea más de lo que tiene, que sueña con tener grandes aventuras, como las que a diario lee en sus historias, y sobre todo alguien con quien poder tener una charla amena, pues en su villa, al parecer, y aunque son humanos, han dejado la racionalidad a un lado. Es decir, son meras maquinas, que cumplen un su respectivo rol en la sociedad, pero sin la capacidad de disfrutarlo.
Lo sé. Han de estar pensando en que olvidé escribir lo más importante, pero no es así. Bella se enamora de una Bestia, que resulta ser un hermoso ser humano, pero, a decir verdad, esto es sólo un pretexto, para evidenciar los inconvenientes de ser único y especial, como dirían, burlonamente, por ahí, pero sobre todo, la crisis existencial que causa el trabajar, por diez años o más, en algo que no nos apasiona, como dar la hora, iluminar o servir el té. Es decir, ser una cosa y no poder sentir.
Y fue ese miedo inconsciente de ser cosificados, por el que dejé de escuchar la sinfonía de mandíbulas masticando, los llantos de bebé, los sorbidos a las bebidas y las divertidas observaciones, que mi acompañante no paraba de hacer. Hasta tuve que dejar de ver la película por un momento, para buscar las caras del resto de los concurrentes; y no porque me guste hacer eso en el cine, como la tímida de Amelie, sino por el asombro de que todos estuvieran callados.
Fue imposible para mí, y para el resto del auditorio, no aceptar, y no aplaudir, la invitación que Lumiere, (Ewan Mcgregor) nos hizo para cenar. Por eso no sólo Bella fue víctima del síndrome de Estocolmo, yo también lo fui, y les aseguro que ustedes también, pero no por la bella o la bestia, sino por Lumiere, Ding Dong y compañia, que simplemente quieren volver a su forma humana.


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